Tras unas horas de sueño sintiose confortada. Sus nervios se atemperaron y comenzó a notar cómo la vida parecía sonreírle de nuevo. Aspiró la helada brisa matinal al asomarse al balcón, desde cuyo punto divisaba una perspectiva diáfana y recta en la que ella sólo era como un juguete en la distancia, y quebrando el equilibrio verdiazul, un molino de viento, que en ese preciso instante, iniciaban sus aspas, lenta y rítmicamente, un balanceo, que según el viento, iba acrecentándose.Acababa de despertar. Creía haber caído en una trampa, un delirio o pesadilla fatal. Lo que sus ojos veían no era realidad, sino producto de una nostalgia larvada. Hacía veinte años que había regresado de Holanda; país al que marcharon otros tantos años atrás en busca de nuevos horizontes (aquellos tiempos de nuestra emigración masiva). Todo era ahora un recuerdo muy difuso en la memoria, que en este momento le pasaba factura. O, acaso, ¿podría ser, una esquizofrenia pasajera, fruto de misteriosas lagunas del subconsciente? A pesar de las dudas que la embargaban frente a la extraña visión, permaneció algunos instantes frente al novedoso paisaje y, por fin, decidió entrar de nuevo en la habitación.
Desconcertada pudo ver cómo la escarcha de los cristales mostraba una congelación fuera de toda lógica para la estación del año, pero ella no sentía frío mientras permanecía a la intemperie, no obstante un estremecimiento la embargó. Cerrando la puerta del balcón se deslizó descalza por el dormitorio con el ánimo sobrecogido. Se dirigió hacia el tocador con cierta indolencia que ponía de relieve su estupor ante aquellas visiones. Comprobó un par de cajones que permanecían semiabiertos, dejando asomar alguna prenda guardada con prisa o, tal vez, cierto descuido en el que ahora reparaba y, aunque con cierta negligencia, se limitó a introducir las prendas con descuido para, simplemente, cerrar el compartimento con cierta brusquedad: Ya sabía que tenía que poner orden, se dijo a sí misma, tal vez mañana, y, distraídamente, se miró en el espejo. Sólo entonces pudo advertir lo insólito del hecho. En principio comenzó a dirigir la mirada como siempre que despertaba con precaución al espejo, ya que a esas horas la imagen que visualizaba no era, en absoluto, de su agrado. Entonces, sin embargo, sintió espanto al constatar que no encontraba su rostro adormilado frente a ella. No era posible comprender aquella situación. Quizás una pesadilla. Frotó sus ojos y abofeteó sus mejillas; quería despertar de aquel estado insólito en que se hallaba y no lo conseguía. Así pues, decidió continuar durmiendo.
No se le escapaba que estaba viviendo un mal sueño, algo que no alcanzaba a comprender, por ese motivo fue mayor su asombro cuando al intentar introducirse en su cama, pudo verse a sí misma durmiendo. Inconcebible.
Confusa en extremo se sentía en aquel instante. Indecisa, ya vacilaba sobre cómo actuar y decidió no amilanarse. Ahora, más que nunca, dejaría correr los sucesos hasta ver qué le deparaban todas aquellas necedades. Sí, porque ella siempre se mostró escéptica ante historias de este calibre, y en aquel momento no perdería el tiempo ni siquiera haciendo análisis de los hechos. Aceptaba el reto y, además, sin darle importancia alguna. Desafiaba la situación queriendo creer que estaba soñando. No era la primera vez que le sucedía un episodio similar y más o menos inquietante. Una buena prueba de ello fue el acto de tenderse bajo las sabanas, junto a ella misma. No sintió inquietud ni desasosiego alguno. Decidió que lo más prudente para salir de esta incidencia sería la astucia; cerró los ojos, relajándose hasta quedar sumida en un profundo sueño del que tardó un par de horas en despertar. La luz del sol, finos hilos de luz perpendiculares, atravesaba las persianas y los visillos y se esparcían por la alcoba; se estrellaban contra el espejo del tocador y desde allí se disparaban, precisamente, contra sus semicerrados ojos cual punzantes alfileres. El fragor del tráfico callejero, junto al vocerío de los niños esperando la sirena de las nueve de la mañana en la cercana escuela, le dieron los buenos días. También la radio comenzaba a ejercer su papel de despertador con los últimos acontecimientos.
Durante la mañana le vino a la memoria el extraño sueño oyendo al escandaloso papagayo del vecino de la tercera puerta; fue al ver aquel bicho tan grande y alborotador balanceándose en su travesaño lo que le hizo recordar un no sé qué extraño que no terminaba de aflorar a su consciencia. Asomada al balcón intentaba encontrar en su mente el sueño inquietante sufrido y cuyo episodio onírico no lograba materializar. Al fin recordó... en aquel preciso instante en que el papagayo logró desprenderse de la cadena que lo sujetaba, y comenzaba a alzar el vuelo ante la estupefacta mirada de su amo que lo llamaba, cariñosamente, pero en vano. El pajarraco no tenía, en absoluto, ninguna intención de regresar a su encadenado destino, y siguió su ruta ascendente hacia el infinito azul de la distancia hasta perderse entre las azoteas y el enjambre de antenas y ropas tendidas al sol.
De pronto recordó el sueño angustioso que había sufrido, y que, en el último momento, cuando despertó, ella se encontraba en un circo, en lo alto del trapecio dispuesta para dar un triple salto mortal.Distraída con estos recuerdos y viendo que el exótico pájaro desaparecía sin remedio, reparó en la vecina de enfrente que la saludaba desde su casa. En la madrugada era, aquella terraza, un ascua de luz que le remitía los rayos de sol estrellados contra los cristales de sus ventanas, justo frente a su balcón y anegaban su habitación de un resplandor refractario que la despertaba mucho más temprano de lo deseable. La vecina se afanaba limpiando cristales y le daba los buenos días:
--¿Qué tal vecina?
--¡Hola! ¡Buenos días!--
--Sí, con mucho calor --
--¡Agosto, ya se sabe!--
No puede recordar el sueño porque en su perspectiva no aparece el molino, ni los cristales escarchados del balcón. Son los montes azules, en la distancia y al norte de la ciudad, los que emergen, y el bullicio de la calle, en ese momento llena de madres que van llegando con sus automóviles para depositar sus retoños a la puerta de la escuela. Viven a veinte pasos y les traen en automóvil, aunque para ello pierdan el aparcamiento y deban perder, además, media hora dando vueltas por la zona. Pero... ¿Y lo que farda?... En fin...
¡A vivir que son dos días!
Estimada amiga MariClaudia, me has mantenido en suspenso en cada línea de tu post, me gusta tu manera de narrar las cosas.
Besos
Tribi