No sólo los ruinosos peldaños por los que hube de trepar derramaron sobre mi ánimo un diluvio de desencanto; fue,  sobre todo,   el negro vacío danzando por las estancias mostrándome la muerte de los años celosa de ausencias y de aromas, fue, incluso  el roto  vahído del viento, y un vapuleado rayo de sol que  parasitaba espantos y  clamores; y las incoloras  nubes golpeando  la baranda donde secos geranios, cadáveres insepultos del tiempo, agotaron falaces expectativas, elucubraciones sobre interrogantes pretéritas Allí estaban las respuestas.

La paz del mar ofreció contundentes afirmaciones.