Hoy el mundo de la política anda muy excitado. Ya hace días, pero hoy más, y cada vez más. Aunque no presto demasiada atención a esos barullos abanderados que me causan tanto aburrimiento, y cierta porción de miedo, ¿Por qué no decirlo? Sí, demasiado miedo, y no por mí, porque lo que es yo me mantengo bien al margen de esos dilemas que ni me van ni me vienen, dicho en tono coloquial para quitarle hierro al asunto, pero me avergüenza el ver a tanto joven desgañitándose, cada cual enarbolando la bandera de su ideológico colorido, igualito, lo mismo que otros, o quizás ellos mismos, cuando se dirigen a jalear a su equipo de fútbol, según dicen, patrocinados no se sabe por quién y a cambio de qué.
No quiero encauzar, mi rebeldía, hacia estos conflictos políticos que ni entiendo, ni puñetera falta que me hace entenderlos. En cambio hay otros sucesos en la sociedad que me causan gran molestia, y a muchas gentes, por cierto... y con cuya protesta también nos jugamos algún que otro coscarrón de los exaltados y espontáneos toreritos asistentes a las celebraciones basadas, y pretendidamente, defendidas, en tradiciones de siglos, y que tienen su riesgo, teniendo en cuenta que la juventud acude a dichos eventos, aparentemente, a divertirse “sanamente” masacrando toros, ante el público vergonzosamente jubiloso.
En un pueblo cuyo nombre no recuerdo, cada año lanza patos al agua para que la gente que lo desee cace lo que pueda. Ni que decir que muchos de esos ánsares, con las refriegas, terminan poco menos que despedazados. Pero ¡AH! Es una tradición, y frente a ese detalle no hay reflexión que valga. En otra población los toros son, por medio de juegos y carreras, casi obligados a caer al mar. No todos, pero algunos se ahogan...
¿Y el jolgorio de la gente?
Los llantos son cuando los asistentes a tan “dignos” espectáculos salen malparados. Puede haber consecuencias gravísimas. Heridas tremendas, invalidez de diferentes grados, tetraplejia o la muerte. Pero cuando llega la fiesta nadie piensa en ello. Es una borrachera de júbilo que ciega los sentidos. Luego vienen los luctuosos sepelios... los lamentos... los: esto no debería suceder. Estos chicos no saben lo que hacen.
El alcohol también juega un papel fatídico.
Es en resumen, una conjunción de situaciones que predispone el ambiente para la tragedia. Y, lógicamente, el que menos importa es el animal, porque el animal no tiene alma ¿Lo sabían? ¿Recuerdan cuando los negros y las mujeres no tenían alma? Y, por supuesto, no tenían derechos.
Está clarísimo: si no tienes alma no tienes derechos. Ni más ni menos.
Y es que al toro hay que mantenerlo para que se puedan dar estos festines, porque, según dicen ellos, los entendidos e interesados, si no fuera por estas fiesta, entre ellas las corridas, mal llamadas “Fiesta Nacional”, no tendría sentido la existencia de los toros.
Por supuesto, los ganaderos habrían de buscarse otro trabajo.
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Este post fue editado por mi en otro blog. Lo saco a relucir ya que se avecinan, con motivo de la primavera, de nuevo las movidas de "Bous al carrer".
Ojala no haya que lamentar graves incidentes.













19.05.08 @ 01:28