Ayer fue el entierro de Mar, mi hermana,  la segunda de los quince hijos  de Lucia  y Pedro, nuestros  amadísimos padres.  Ha sido la tercera en desaparecer. El primero, Esteban, que a pesar de ser el mayor murió muy joven. Al poco tiempo fue Carlos cuyo fallecimiento se debió a  una fallida intervención quirúrgica. Demasiado imprevisible a pesar de su precaria salud. 

 

Carlos era el más pequeño de  nuestros hermanos,  y ella era, además de hermana, su madre, ya que su salud siempre fue delicada. Con la desaparición de nuestro hermano pequeño, quedó, Mar, sumida en una postración luctuosa inacabable. Diez años sobrevivió a Carlos, y al fin, tras innumerables caídas y fracturas de huesos debido a fallos vasculares,  sucumbió.

 

Desde siempre fue,  mi hermana mayor,  la hija que algunas madres destinaban, en tiempos,  al cuidado de su vejez, y en este caso, también al cuidado de aquel hermano  que,  al faltar ella necesitaría quien le cuidase. No era tan grave la situación de Carlos. Posiblemente habría sabido defenderse con los avatares cotidianos, pero aquellas madres, ya se sabe, sufrían mucho por los hijos varones, y además,  delicados de salud,  porque daban por supuesto que no iban a casarse, y quién mejor que una hermana para que  se ocupase de él, aun cuando para ello debiera renunciar la  hija, joven y bella en algún tiempo, a su propia realización como mujer y como madre. Jamás pasó por la mente de Mar que  ella misma tuviese derecho a disponer de su vida enamorándose  a  su debido tiempo.

 

Ésa fue su vida. 

 

Porque ahora ya no está entre nosotros.

 

No es una historia novelesca, es una de tantas almas que obedecieron a mamá convencidas de estar cumpliendo con un sagrado deber, a pesar de arrastrar siempre una gran amargura y soledad. El poder psicológico y social de padres y madres   suele ser decisivo en la formación de nuestros caracteres, ante todo cuando no hay, y no lo hubo en este caso, la ocasión de que su mente recibiera estímulos procedentes de lecturas o películas de su tiempo, ya que el mensaje que imperaba, para muchas mujeres, era lo perniciosa que podía ser la lectura. Alegaban, nuestros padres,  que un vicio semejante destrozaba  la virtud y anulaba la  feminidad de  chicas, que, en vez de estar a lo que debían: ayudar en las labores del hogar,  persistían en su  denuncia hacia esas muchachitas:  engañaban impúdicamente  a sus progenitores,    leyendo a escondidas libros indecentes y excomulgados. Tenían un celo constante en  advertirnos de la infelicidad que tal actitud nos traería con el tiempo. 

 

Papá  falleció cuando aún éramos todos tan niños que mi  hermana, siendo la segunda, hubo de quedar junto a mamá para colaborar en la buena marcha de un hogar herido y tambaleante. Aunque el mayor  era Esteban  no significaba para nuestra madre ayuda alguna hasta que él, una vez terminados sus estudios, encontrase un trabajo que le permitiera contribuir  a la muy precaria economía.  Alimentar y vestir quince niños en años de posguerra, sin un marido y un padre. Duro panorama. Y  Mar  luchó codo a codo con mamá.

 

Andaba por los quince años   y  Mar dejó  la escuela para ayudar  a bregar con todos los problemas domésticos. Recuerdo aquellas madrugadas en que todos pasábamos por sus manos, y  lavados, vestidos, peinados y  desayunados cargábamos nuestros enseres escolares y partíamos rumbo a la escuela... ella quedaba en casa  y, además, aprendía a peinar con una vecina que regentaba una peluquería de las de aquellos tiempos, de permanentes rizosas, de ondas de agua y, ocasionalmente, algún que otro tinte rubio platino que demandaba alguna que otra jovencita imitando  a  actrices de moda tales como Jean Harlow, Verónica lake...

 

Hubo  padres que engendraron  hijos/as para entregar parte de la cosecha filial a Dios. Disponían de su descendencia, y la dedicaban a lo que ellos creían justo. A su voluntad. Los grandes creyentes estaban seguros de que consagrando un  hijo a Dios: un sacerdote, una monja, y ya tenían su lugar en el Cielo asegurado. Un pasaporte a la gloria. A cambio podían,  ¡no todos!,  permitirse múltiples felonías...  El mérito ya lo tenían hecho. Eran años en que en una familia podía haber una cantidad infinita de hijos, 15 o más, muchos más. Las mujeres parían hasta que ya no daban más de sí. Hoy podemos calificar este deber como una producción masiva de carne de cañón. Entonces era ni más ni menos “Mandato Divino”. Apañados estamos ahora con un retoño por pareja, y a veces ni eso.

 

Al infierno vamos a ir todos de cabeza.

 

No hubo por parte de nuestros progenitores afán alguno en  ofrendar a uno de sus descendientes a la Iglesia. No eran beatos. Creyentes a la manera sencilla e inocente de la gente llana del pueblo trabajador. No se sentían obligados a cumplir preceptos tales como el ayuno (ya se ayunaba demasiado con la escasez de la posguerra). De confesiones o misas obligatorias de domingo, nada de nada. Mamá siempre nos decía que ella no tenía pecados y que no se podían abandonar las obligaciones de una casa con quince criaturas para oír misa: Primero es la Obligación que la Devoción, nos decía muy convencida; y papá, cuando le preguntábamos porqué no iba a misa nos decía que en sus tiempos de colegial, en los Jesuitas, pudo oír misas todos los días antes de comenzar sus horas lectivas, y por su parte tenía su tributo de preceptos más que cumplimentado para el resto de sus días.

 

¿Dónde estará ahora mi hermana Mar?

 

Su cuerpo yace junto a nuestra  madre y  a Carlos... por su propia voluntad.

 

Por los Siglos de los Siglos.

 

Descansa En Paz Querida Hermana.