Breves datos biográficos.
Nació Sylvia en 1932, y en 1963 se suicidó en Londres.
Con este trágico suceso pasó a formar parte de la gran pléyade de poetas que tomaron tan drástica determinación. No se puede acusar al esposo de su enfermiza y depresiva personalidad puesto que antes de conocer a Ted Hughes ya intentó poner fin a su vida, aunque parece ser que tampoco él influyo demasiado para que tan funesto suceso fuese llevado a cabo.
Ted Hughes, su esposo y gran poeta, fue el padre de sus hijos: Frieda Rebecca, de tres años y Nicholas Farrar, de trece meses cuando Sylvia se suicida, y de los que la poeta procura asegurarse de que nada les ocurra, aunque en aquellos instantes ella misma no fuese consciente, a causa de su estado emocional, del peligro que pudieran correr los niños.
Su obra:
El coloso (1960) y La campana de cristal (1963) autobiográfica, se publicaron aún mientras ella vivía.
Póstumamente apareció Ariel (1965) y Cruzando el agua (1971).
En 1981 su Poesía completa mereció el premio Pulitzer.
Sus conflictos existenciales fueron debidos, quizás, a lo difícil y espinoso que, como mujer, socialmente resultaba triunfar en el mundo de la poesía, y de todos los mundos en general, o a causa del apoteósico éxito que alcanzaba su marido como gran poeta laureado.
Asimismo la presión social para las mujeres de su tiempo en que era tan importante tener marido e hijos le dificultaba el libre albedrío de vivir por y para su talento. El matrimonio y el cuidado de la familia suponía una carga si a ello se añade el problema de un marido sumamente infiel y al que ella adoraba y admiraba. Según la película sobre este tema muy bien interpretada por Gwyneth Paltrow, su esposo, hombre de gran éxito entre las mujeres, la abandona por Assia Wevill, que curiosamente se suicidó, en un morboso gesto de imitación a su predecesora, con gas, en 1969, aunque a diferencia de Sylvia, se lleva con ella a Shura, su hija de dos años, igualmente hija de Hughes.
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Lady Lazarus
Lo logré otra vez,
Me las arreglo —
Una vez cada diez años.
Especie de fantasmal milagro, mi piel
Brillante como una pantalla nazi,
Mi diestro pie
Es un pisapapel,
Mi rostro un fino lienzo
Judío y sin rasgos.
Descascara la envoltura
Oh, mi enemigo,
¿Aterro acaso? —
¿La nariz, las cuencas vacías, los dientes?
El apestoso aliento
Se desvanecerá en un día.
Pronto, muy pronto, la carne
Que la tumba devoró
Se sentirá bien en mí
Y yo una mujer que sonríe.
Tengo sólo treinta años.
Y como gato he de morir nueve veces.
Esta es la Número Tres.
Qué desperdicio
Eso de aniquilarse cada década.
Qué millón de filamentos.
La multitud mascando maní se agolpa
Para verlos.
Cómo me desenvuelven la mano, el pie —
El gran desnudamiento.
Damas y caballeros.
Estas son mis manos
Mis rodillas.
Soy tal vez huesos y pellejo.
Sin embargo, soy la misma, idéntica mujer.
La primera vez que sucedió tenía diez.
Fue un accidente.
La segunda vez pretendí
Superarme y no regresar jamás.
Oscilé callada.
Como una concha marina.
Tenían que llamar y llamar
Recoger mis gusanos como perlas pegajosas/
Morir
Es un arte, como cualquier otra cosa.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Lo hago para sentirme hasta las heces.
Lo ejecuto para sentirlo real.
Podemos decir que poseo el don.
Es bastante fácil hacerlo en una celda.
Muy fácil hacerlo y no perder las formas.
Es el mismo
Retorno teatral a pleno día
Al mismo lugar, mismo rostro, grito brutal
Y divertido:
'Milagro!'
Que me liquida.
Luego una carga a fondo
Para ojear mis cicatrices, y otra
Para escucharme el corazón –
De verdad sigue latiendo.
Y hay otra y otra arremetida grande
Por una palabra, por tocar
O por un poquito de sangre
O por unos cabellos o por mi ropa.
Bien, bien, está bien HerrDoktor.
Bien. Herr Enemigo.
Yo soy vuestra obra maestra,
Su pieza de valor,
La bebe de oro puro
Que se disuelve con un chillido.
Me doy vuelta y ardo.
No creas que no valoro tu gran cuidado.
Ceniza, ceniza —
Ustedes atizan, remueven.
Carne, hueso, nada queda 00
Una barra de jabón,
Una alianza de bodas.
Un empaste de oro.
Herr Dios, Herr Lucifer
Cuidado.
Cuidado.
Desde las cenizas me levanto
Con mi cabello rojo
Y devoro hombres como el aire.
Sylvia Plath


