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Hoy vivimos en un país desarrollado, pero no siempre fue así, en realidad aún quedamos muchos y muchas personas que fuimos niños trabajadores, pertenecíamos a la clase, o a la desclase de los paupérrimos “pobres pero honrados”, corderitos temerosos de Dios, y de las líneas divisorias que atribuían según a quién, privilegios, derechos, pecados, obligaciones.

Lo de la escuela estaba claro. Nos hacían sumisos porque estábamos destinados al tajo, o destajo. Con el tiempo caes en la cuenta de que las escuelas privadas, entonces, creaban señoras, amas, o señores y amos, les hacían más libres (ellos tenían derecho a todo) incluso les hacían creerse clases superiores y de ahí la sumisión del subordinado, el respeto al poderoso, muchas veces sólo aparentemente poderoso y en apariencia inteligente (cabezas de ratón). Podíamos tener suerte y dar con buena gente, por cierto para que nos parecieran buenas personas bastaba con que nos dieran los vestidos viejos y los zapatos que ya no querían, pagándonos con ello nuestro trabajo realizado en algún que otro momento.

Existían becas, sí, pero ¿para quién? para niños con un verdadero cociente intelectual tan alto que tan sólo de mi entorno una niña logro a los diez años poder estudiar bachiller y con el tiempo licenciarse en Filosofía.

No se trata de querer recrearme en el “¡Qué bien vivimos ahora!”, que eso aquí en mi país se denomina “panzacontentismo” que se traduce en conformarse con comer y dormir y no ir más allá (conformismo). La perfección no se alcanzará jamás, o al menos, estoy segura que yo no lo veré.

Que vamos dando pequeños pasitos esta más que claro. Ahora no hay mano de obra infantil. Aunque no sean niños de alto cociente intelectual tienen, ante todo, derecho a la oportunidad de adquirir conocimiento, otra historia es que todos tengan el talento, ese raro don que no todos poseemos, o la posibilidad de aprovechar el tiempo a base de hincar los codos, y como no puedo juzgar lo que desconozco no entraré ahora en los problemas que de vez en cuando presentan los adolescentes. Esto parece que vaya por ciclos.

Concluyo recalcando que en España no está tan lejano el tiempo del trabajo infantil. Niños con nueve años he conocido realizando trabajos, por cierto muy mal remunerado. Sólo hay que prestar atención al poema de Miguel Hernández: “El niño yuntero”.

PD. Añado a esta pequeña reflexión que por mi parte, y puesto que vivimos en Democracia, reivindico el legítimo derecho de cada cual a ser tan conformista y resignado con su suerte como le salga de su Santa Voluntad.