La primera sorpresa fue el estado de la pequeña escalera del viejo barrio al que hacía quizás más de quince años que no regresaba. Hasta el primer piso no quedaba ni rastro de escalones.
Una rampa polvorienta ascendía en el lugar que antaño hubo peldaños. Un penoso tufillo a humedad impedía respirar durante el ascenso, pues si bien en los pisos altos aún se conservaban los peldaños, su estado era tan lamentable que daba, además de cierto desgarro melancólico, gran inquietud de sentimientos. Era la prueba de cómo los años de abandono habían deteriorado aquel, si no lujoso, pulcro y cuidado recinto.
Mi obsesión era el velador de costura. Confeccionado por mi abuelo, mamá lo tenía en gran estima.
Tía Marcela solía decirnos: mi padre era un artista en todos los sentidos. Sabía hacerlo todo, y todo lo hacía bien, aunque otros familiares que no le amaban tanto le acusasen de bohemio. Quizá todos tenían razón… ¿Qué hay de pernicioso en ser bohemio?
Durante mucho tiempo las mujeres de la casa nos reuníamos para la confección de nuestros vestidos alrededor del velador. Tradicionalmente, y desde los tiempos de juventud de Teresa, nuestra madre, la moda era lo nuestro. Ella nos legó el gusto por el trabajo bien hecho, el placer por la creación de nuestra propia línea y estilo, aunque, a causa de la corta edad en que comenzamos y el puritanismo de aquellos años, lejos estábamos de ombliguitos al aire y otros diseños hoy habituales. Tía Marcela, entonces ya convertida en nuestra madre, controlaba con rigor espartano el largo de las faldas, el tamaño de los escotes… paradoja ilusoria calificar de escotes tan beatíficos encubrimientos. Hoy, dicen quienes aún censuran las modas: En el vestir queda poco para la imaginación de los espectadores. Durante muchos años es de suponer que la imaginación debía ser prodigiosa para hacer adivinaciones sobre lo oculto. Los dictados de la moda a nuestra madre le resbalaban de forma tan prodigiosa que, aun cuando las faldas se anunciaban cortas ella las alargaba, y si el dictado de la temporada era de largo, el suyo era más bien corto, Con los escotes jamás hubo cambios: siempre cerrados y ya le parecían excesivamente descocados. No, no era beata en absoluto, era algo más difícil de catalogar, quizás el sentido del equilibrio demasiado desarrollado. Un exceso de celo propiciado por un circundante control social que atenazaba angustiosamente las ilusiones más artísticas o estéticas.
Por los días en que regresé a mi vieja casa era yo la única de las hermanas que mantenía la llama viva por los entresijos de la moda. Y estaba obsesionada con recuperar aquel velador de madera sin pulir que durante años fue depositario de todos los enseres propios de la modistería. Me ilusionaba tenerlo en mi tallercito.
Al llegar al tercer piso una destrozada puerta entreabierta ante mí dejaba a la vista el piso vacío, aunque con algunos muebles abandonados y polvorientos. Andar entre aquellas agrietadas paredes me producía una sensación de inestabilidad. Tranquila, me decía a mí misma, que no va a caerse el edificio en este preciso instante, pero el miedo estaba ahí. Aún lo recuerdo como el pánico a volar. Era muy parecido.
Como sobre nubes recorrí la casa buscando el velador y no daba con él. Otros muebles quedaron abandonados y fuera de contexto, a pesar de su calidad, parece ser que, como muchas modas, el cubismo no logró permanecer y Marcela y Pedro decidieron abandonarlos por obsoletos cuando se trasladaron a la alquería. ¿Dónde puede estar el velador? me preguntaba inquieta y ofuscada con aquella angustia que oprimía mi garganta. Lágrimas contenidas. Quizás lo han robado, me decía a mí misma. Había que tener en cuenta que la puerta permanecía abierta y ya nos avisaron que solían refugiarse indigentes, sobre todo en las noches de invierno.
Me di por vencida. A fin de cuentas deseaba salir de allí. Jamás iba a regresar. La experiencia fue muy deprimente. Una última mirada a la pequeña galería, ese pequeño espacio que en las tardes de verano se inundaba de ardiente sol, y desde la que, casi con la mano, alcanzaba las rosas que rodeaban el pozo. Decoraban un paupérrimo solar que en algún tiempo pudo ser un bello jardín. Una hiedra gigantesca tapizaba con su sobrio verdor el muro de un viejísimo edificio en toda su longitud. Decenas de lagartos allí ubicadas desde remotos tiempos asomaban de vez en cuando con sus sinuosas carreras trepando y colándose de vez en cuando en nuestros hogares, causando, según en quién, pánico o alborozo.
¡Dios mío! ¿Qué es esto? —Aquí estaba el velador--
En mi recuerdo permanecía aquel mueblecito, tan estimado, cuyo color madera sin barnizar permitía a Marcela de vez en cuando baldearlo con estropajo y jabón. Siempre tan limpio. ¿Y ahora?... talmente un trozo de carbón retorcido. Puede que se haya quemado con el sol de los veranos que ha permanecido en el olvido. Insalvable. No puedo entender porqué a lo largo de la existencia vamos dejando en el camino pedazos de nuestra historia. Objetos que fueron realizados por nuestros seres queridos y que dejaron en ellos parte de sí mismos.
Decepcionada, como una niña con su juguete predilecto roto, me marcho de esta, mi casa, con lágrimas en los ojos y la seguridad de que ya no volveré. Aquí quedó mi infancia y mi juventud. Con mi sueño roto del velador de costura me dirijo hacia la ruinosa escalera. Meditando, en mi huida, por todo lo que perdí alejándome tantos años de los avatares familiares.
Quizás en la distancia he sublimado objetos con un afán que si no hubiese sido por el alejamiento jamás hubiese añorado.
El viejo edificio, a causa de su ruinoso estado, desapareció tras una voladura controlada con el fin de evitar un trágico derrumbamiento, y partículas de nuestros pasados, ocultas voces, llantos de infancia, muchos sufrimientos y algunos sueños se esparcieron junto a la nube cenicienta y se dispersaron, quién sabe hasta dónde, en el infinito.
En aquellas partículas quedaban jirones del pasado. Penurias y tristezas. La amargura de la trágica desaparición de Teresa, mi madre, y los mellizos, que ahora en el recuerdo son como un punto luminoso, una línea que define un antes y un después… porque aquel lejano día, de un tórrido verano, todo quedó destrozado y jamás sabremos qué hubiese sido de nuestros destinos de no haber sucedido aquella irreparable tragedia.
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EL VELADOR.
@ 03/10/08 – 17:07:55
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