Se muere un ser querido y la familia obra o reacciona según las normas establecidas por la sociedad en que se encuentra. Son hábitos ancestrales, por lo general, seguidos como protocolo, o rito, que deben dejar bien patente que en dicho núcleo familiar se vive una situación luctuosa.
No hace demasiados años se recurría a escenificar lamentaciones mortuorias, como bien sabemos, llevadas a cabo por plañideras profesionales. Puede que aún hoy, en ciertos lugares se practique este rito. En nuestra cultura, hasta hace cuatro días, el negro en la ropa era una norma establecida, obligatoria y estricta.
Vestir de negro durante mucho tiempo, según el grado de parentesco. Ante todo la mujer. El hombre siempre ha tenido bula para la mayoría de obligaciones protocolarias. Lo curioso es que las mujeres, además de la resignación para el cumplimiento de tan sagrada imposición, éramos, y si nos dejasen, seriamos, aún hoy, las guardianas fanatizadas, las que procuraríamos que esa tradición no se perdiese. Vigilaban ellas, en el reciente pasado, que las normas se cumpliesen a rajatabla, y había mil y un chantajes emocionales para evitar que nadie se librase de una tortura que se quería imponer como un último tributo al ser fallecido. Algunas mujeres fueron señaladas con el dedo por tratar de esquivar el caduco e inútil cumplimiento de tan absurdo rito. Otras comenzaban sus ciclos luctuosos en la mismísima infancia, y si por avatares del destino una interminable cadena de decesos en el ámbito familiar las condenaba por los tiempos a un negro tan machacante que al llegar a la treintena de sus vidas ya no lograban desprenderse de él, pasaban entonces a formar parte de las huestes vigilantes del cumplimiento obligatorio del rito. Ellas lo habían cumplido, pues nadie debía librarse. Aquellas nuestras antepasadas de viejas fotos que pareciendo ancianas eran mujeres en la plenitud de sus vidas. No sabían salir de un corsé mental en el que se hallaban confinadas.
Hoy está prohibido, pero sabemos que en La India la mujer era incinerada junto a su fallecido esposo. No estemos muy seguros de que aún en cualquier olvidado rincón de aquel, o de otro país, no se incinera alguna que otra esposa abnegada... o no.
Parece ser que aún hoy es muy triste y deprimente el estatus de las viudas en La India. Se han librado de la hoguera, pero hay que ver para creer en qué se convierten estas mujeres cuando el destino las sitúa en esa tesitura.
Tras el cumplimiento de muchas ceremonias funerarias reside un cierto temor al regreso del fallecido. Insistiendo sobre La India se observan costumbres que igualmente se llevan a cabo en otros pueblos muy distantes entre sí. Por ejemplo: Sacar al difunto por un orificio en la pared en vez de por la puerta de casa, y regresar del sepelio por un camino diferente al que usaron para la ida. Una estrategia que pone de manifiesto el deseo de los deudos de que el fallecido, o su alma le sea difícil encontrar el camino de regreso. Aunque, quizás, lo que pretendan sea engañar a espíritus malignos que, posiblemente, esperen tras la puerta para abalanzarse sobre el difunto.
El tiempo ha logrado, en nuestra cultura, aplastar el engorroso rito de vestir de negro. Ya que el dolor por la pérdida es inevitable, conseguimos, al fin, vivir nuestros días sin rendir cuentas a nadie sobre cómo vestimos, si vamos o no vamos al cine, o si ponemos o no la tele, o la radio... aunque también en nuestra civilización quedan mujeres, víctimas de sí mismas, que se ven de vez en cuando por las calles de negro riguroso en plena canícula veraniega. No se libran ni de las medias. Son personas que creen rendir un póstumo homenaje a sus seres queridos fallecidos.
El mejor culto que se puede ofrecer a un ser amado es amarle mientras está con nosotros; ayudarle y hacerle más llevaderos sus últimos días de vida, si ello es posible, pero al menos intentarlo.

suerte44
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